Largas noches desvelada pensando en la utopía y la intriga calada en los huesos. Noches con luna llena, y el agua moviéndose con su ritmo y compás.
Versos con aspiración pisando los talones de la cotideaneidad, acechándola como una sombra silenciosa y compañera. Cotideaneidad que encuentro en ambos lados, ahí, cruzando la orilla.
Un puente separando dos lugares de un mismo mundo que no se conocen, pero se aman. Suspiran uno por el otro, y cantan junto con el ruiseñor, se tiñen sus pastos de rosa chicle, cuando la lluvia deja un rocío perfumado sobre el terciopelo de la rosa de García Lorca.
Desconocen ambos lados la crueldad del mundo, que creen sólo de ellos. Encierran un cosmos y se encuentran vencidos por el color del otoño y sus hojas, y suspiran sus flores sin pétalos y espinas. Piensan de día, y sueñan de noche. Con hacer lo imposible, con romper los muros, destruír el puente, con encontrarse de repente de la mano, sin más aspiraciones que el verso que los une, sin esperarlo si quiera, sueñan con hacer el amor debajo del cielo estrellado sin cuerpo, sólo con la esperanza de la destrucción. Destruír para crear, para crear aquella maravilla soñada, y dejar de ser dos, en lugares tan distintos, para pisar el mismo camino; un terreno de arcilla y de piedras movedizas.
Versos con aspiración pisando los talones de la cotideaneidad, acechándola como una sombra silenciosa y compañera. Cotideaneidad que encuentro en ambos lados, ahí, cruzando la orilla.
Un puente separando dos lugares de un mismo mundo que no se conocen, pero se aman. Suspiran uno por el otro, y cantan junto con el ruiseñor, se tiñen sus pastos de rosa chicle, cuando la lluvia deja un rocío perfumado sobre el terciopelo de la rosa de García Lorca.
Desconocen ambos lados la crueldad del mundo, que creen sólo de ellos. Encierran un cosmos y se encuentran vencidos por el color del otoño y sus hojas, y suspiran sus flores sin pétalos y espinas. Piensan de día, y sueñan de noche. Con hacer lo imposible, con romper los muros, destruír el puente, con encontrarse de repente de la mano, sin más aspiraciones que el verso que los une, sin esperarlo si quiera, sueñan con hacer el amor debajo del cielo estrellado sin cuerpo, sólo con la esperanza de la destrucción. Destruír para crear, para crear aquella maravilla soñada, y dejar de ser dos, en lugares tan distintos, para pisar el mismo camino; un terreno de arcilla y de piedras movedizas.
Con la seguridad de que nada es seguro se encuentran en la estación de tren, frente a frente mirando curiosos el paisaje de cielos extraños e irreales, viendo a la gente de traje y de botas altas pasar, entremezclando con su aire casi superficial el perfume dulce y agrio que llevan muy adentro del inconsciente.
Raíces arraigadas de sueños profános, risas con sabor a primaveras tocan las hojas de las copas, allí a lo lejos, del otro lado del puente, y debajo: el río, donde se esconden las historias que nos contaban de chicos, cuando todo parecía posible y risueño dentro del paisaje del "País del Nunca Jamás".
Raíces arraigadas de sueños profános, risas con sabor a primaveras tocan las hojas de las copas, allí a lo lejos, del otro lado del puente, y debajo: el río, donde se esconden las historias que nos contaban de chicos, cuando todo parecía posible y risueño dentro del paisaje del "País del Nunca Jamás".
A todos los veo desde la ventana de mi habitación, donde habitan memorias de tiempos pasados y futuros, entremezclándose en una extraña historia sin fin. Danzan ante los ojos de quienes asoman sin júbilo y pretensión de golondrinas volados.
Pájaros sueltos revolotean por doquier, carteros del alma de personas sin boca, sin lengua y llenas de palabras que habitan a veces en lugares hinóspitos, y que están enterradas con las raíces, a veces a flor de piel.
La habitación, la ventana, el río, el puente, el pasto, la utopía, la niñez, la ternura, el egoísmo, la ignorancia... la estación del tren, la gente sin cara, sin boca, sin labios para besar.
Pájaros sueltos revolotean por doquier, carteros del alma de personas sin boca, sin lengua y llenas de palabras que habitan a veces en lugares hinóspitos, y que están enterradas con las raíces, a veces a flor de piel.
La habitación, la ventana, el río, el puente, el pasto, la utopía, la niñez, la ternura, el egoísmo, la ignorancia... la estación del tren, la gente sin cara, sin boca, sin labios para besar.
Todos en un mismo mundo del que no quieren participar, únicamente tocados por los versos y deseados por el rocío en la mañana.
Todos desconocidos para ambos lados que se miran con devota entrega, aún sin tener ojos; haciendo el amor, aún sin tener suspiros y sabiendo amar.
17.49


